Hace un tiempo que opté por dictar, ordenar y reescribir, y ahora enfrentarme al “wordfolio” en blanco de nuevo, me da respeto, como hace años, no lo voy a negar.
Y es que a veces me apetece hablar de lo otro, lo que no es
el curro, lo que no es técnico, lo que no conlleva ordenar ideas ni agrupar por
epígrafes tras el volcado primario de conceptos.
Es sobre [la] vida. El lienzo que vamos pintando y en el que
siempre hay hueco para un trazo más. En el que una pincelada negra de pronto
empieza a ocupar demasiado (tiempo y espacio), y es cuando llegas casi al
margen del cuadro, que casi ya no queda pintura en el pincel, y entonces surgen
huecos en blanco en el recorrido. Y en esos hay que fijarse, por lo visto. Algo
de claridad.
– Pero si solo es falta de pigmento.
– Pues bendita escasez, que resulta ser luz.
Sin luz no hay color. Así que deja que se deslice la brocha
despintada y entren chispas de inicio cromático.
Y dejar así que corran también las letras por el blanco
fondo, como el pincel en el lienzo, sin más objetivo que ir tirando del hilo
que se hizo bola en el fondo de la garganta, y desliar la madeja a base de
grafemas, que hacen palabras, que hacen frases, que algo dirán, que quitan
penas, que vuelcan ayeres en busca de remedios caseros, escritos y por
escribir, para que hoy tenga ganas de ser mañana.
Creía que quería aprender a cantar, a pintar, a bailar, y lo
que realmente quería era cantar, pintar y bailar. A secas. Sin la pauta
correcta, sin la clase perfecta, sin la técnica adecuada. Debería ser fácil
cantar, pintar, bailar en la cotidianidad si no buscas la perfección sino el
disfrute del instante… y la mayoría de los días no canto, no pinto, no bailo…
aunque sienta el color en mí, la música en mis oídos, el movimiento en mi
cuerpo… y sin saber por qué pasa, pasa. Es decir, no pasa.
Y nado entre el marchitarme y el reflorecer con la peligrosa facilidad con la que un insecto se acerca a la luz y se vuelve a alejar y se aproxima de nuevo. Quién manejará mis hilos, me pregunto, y si soy yo, regular titiritero para tan voluble marioneta. Las cuerdas de mi cruceta tan enredadas como el ovillo enmarañado de detrás de la campanilla; sigamos desentrañando a golpe de tecla y renglón. Siempre me hizo bien.
Recordando a cada rato el cable a tierra, que es a la vez
aplomo y atadura, el tira y afloja tal cual de la vida. No lo pierdas de vista,
aunque a veces quisieras. La cordura de una cuerda. Leer la frase anterior tres
veces; en todas sus acepciones, es verdadera y falsa. La vida te trolea, las
palabras también. Y te anclan, para bien o para mal, y te exprimen el veneno y
la esencia a partes iguales. La dual dualidad que siempre somos, que
experimentamos y es la marca testigo de humanidad. Querer ser a la vez que no
ser. Mirar hacia delante y hacia atrás en el mismo campo visual, paradoja
despistada, buscando horizontes vitales y mis veinticuatro horas de hoy.
Corre la aguja otra vuelta, dale que va, tan rápida, y
cuando necesitas, tan lenta, y cuando no miras, quieta. La trampa del tiempo en
tu interior, en el baile de piernas cansadas y música extraña, inercia horaria,
movimiento acompasado desligado del ritmo palpitacional.
Vas y vienes, y no sabes dónde. Hueles las flores y hueles la
alcantarilla, en los próximos quince minutos, en los próximos quince metros. En
las próximas quince vidas. Hay perfume y hedor. Y van los dos en el lote.
Florantarilla.
